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Mi nombre es… era Diego, era un muchacho de veintitrés años que estudiaba exitosamente una carrera en la universidad, era alto, un tanto fornido y alguien de buen gusto. También era amado, amado por una bella chica llamada Amanda. Ella era lo mejor que me pudo haber pasado. Ojos verde claro, cabello largo, castaño y sorprendente liso y brilloso a mi vista. Ella me amaba como yo a ella, sin embargo, por ese amor sufrió de un dolor que con solo imaginármelo suelto una lágrima.
Una noche de otoño yo iba camino a casa, había sido un largo día en el trabajo y en la escuela. Me sentía agotado y el solo pensar que tendría que tomar el transporte público me provocaba mas cansancio.
Finalmente, mientras bajaba del camión que me dejaba muy cerca de la calle en donde vivíamos Amanda y yo, percibí un olor. Era un olor fuertemente dulce… y frío. ¿Frío? Si, aunque se oiga un poco ilógico, ese olor era frío y cada vez iba ganando intensidad mientras pasaba por los agujeros de mi nariz. Cada vez mas fuerte… más…mucho mas… demasiado. Llegó un momento en el que empecé a sentir como si mi nariz se quemara, se derritiera. Y un tenue mareo comenzó a nacer desde el rincón de mi cabeza. No recuerdo muy bien cuanto tiempo pasó antes de que me diera cuenta que estaba en el suelo, al parecer, me había quedado dormido por unos instantes. Intente levantarme, pero no pude, estaba fuertemente entumido, inmóvil. Entonces, oí un sutil sonido, era como un gemido de satisfacción y alegría. Con mucho esfuerzo gire mi cabeza hacia aquel sonido y me encontré con una chica.
–Buenas noches, criaturita –me susurró con dulzura al notar que la observaba
–¿Quién eres?
–¿Eso importa?
–¿Quién eres? –repetí. Algo andaba mal, lo podía percibir– ¿Qué quieres?
Su respuesta fue una pequeña sonrisa. Observe como sus finos labios se curvaban a la perfección para mostrar unos dientes frontales tan blancos como perfectos.
“Ring, ring”. Comenzó a sonar mi teléfono celular.
–Oh, al parecer alguien te busca –dijo burlonamente mientras observaba mis vanos intentos por moverme–. Lastima que no puedas contestar
–¿Qué rayos me pasa?
Y ella estalló en risas
–¡¿Qué me has hecho?!
–Nada –respondió entre carcajadas–. Nada aún.
En unos instantes estaba completamente petrificado por el terror. Ante mí se alzaba un monstruo. Un monstruo con ojos al rojo vivo y la mandíbula plenamente abierta al igual que las fosas nasales.
Grite. Grité como loco lo más fuerte que pude. Ella puso una helada y esquelética mano sobre mi pecho para, lentamente, deslizarla hasta mi cuello.
–¡APARTATE! ¡APARTATE DE MÍ!
¿Por qué nadie me oía? ¿Por qué nadie iba a mi rescate? Amanda, ¿dónde estaba Amanda? Quería decirle una vez más cuanto la amaba, cuanto era mi adoración hacia ella.
Ya era muy tarde. Sentí una punzada en mi pecho, sentí dolor, sentí como se me iba el aire y yo desesperada e inútilmente trataba de recuperarlo, sentí como mis venas se vaciaban, sentí como me iba. Pero sobretodo, sentí el dolor que mi muerte le causaría a mi bella Amanda.
Inmóvil y seco fui abandonado por esa bestia inmunda.
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jejej te quieroooo mija mijosa de lo mas profundo de la birria birriosa jojojo grax por todouuu ;)